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2015 Posconflicto: ¿Moda u oportunidad histórica?: La crisis de los tres monopolios del Estado

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Posconflicto: ¿Moda u oportunidad histórica?: La crisis de los tres monopolios del Estado

​Investigación

Posconflicto: ¿Moda u oportunidad histórica?:    La crisis de los tres monopolios del Estado

 

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Guillermo Andrés Duque Silva, Jefe del Centro de Investigación de la sede Cali. Licenciado en Historia, Especialista en Gerencia de Instituciones Educativas, Magister en Filosofía, miembro del grupo de Investigación CACE y del Grupo de Investigación Solidarios.

 

 

 

 

Colombia atraviesa por un momento de cambios profundos, derivado del actual proceso de negociación entre las FARC y el gobierno nacional. En los círculos académicos, periodísticos y en general en la esfera pública, afloran múltiples reflexiones sobre las transformaciones que tendrían  la justicia, la verdad y la paz, en una posible re-fundación del Estado colombiano. No obstante la importancia de estas cuestiones, hay una pregunta fundamental que recorre tácitamente todas las discusiones y se hace  cada vez más interesante e inevitable: ¿Realmente, existe un Estado a transformar en Colombia?

Antes de hablar de la transformación del Estado en un escenario de posconflicto, vale la pena realizar un breve examen de lo que es el Estado colombiano como eje central para la comprensión del conflicto y la paz en Colombia. Al respecto, no resultaría apresurado plantear que el Estado colombiano, nuestro ‘Estado’, padece de un mal que le impide autodefinirse, y que supone que los tres monopolios mínimos que se requieren, para su existencia, parezcan propósitos utópicos más que presupuestos mínimos. Desde una perspectiva sociológica, se dice que las condiciones mínimas para la existencia de un Estado moderno son el monopolio de la fuerza legítima, (Weber, 1979) el monopolio de la administración de la justicia (Tilly, 1992) y el monopolio de la tributación (Vélez, 2005). Analicemos cada uno por separado, para el caso colombiano.

manos  1_de Sacha_Tafur.jpg Desde su momento fundacional, el Estado colombiano ha tenido que competir con diversas fuerzas armadas paralelas que le impiden su monopolio absoluto. No en vano, en esta, la ‘democracia más estable’ de América, se han presentado nueve guerras civiles en menos de 70 años de vida republicana (1810-1886),  de las cuales el botín de guerra sería la proclamación de siete constituciones políticas, los ejércitos de la primera república en ese sentido, no fueron ejércitos nacionales, sino liberales o conservadores al servicio de una ideología basada en el exterminio del enemigo político.

 

 Foto por Sacha Javier Tafur Mangada

La ausencia del monopolio de la fuerza legítima

Ya en el del siglo XX, ¿Cómo explicar el monopolio de la fuerza legítima que caracteriza a todo  Estado cuando el mismo sesiona, concede y negocia en treguas de paz o por la fuerza, territorios a grupos armados paralelos que son soberanas y en cierto modo legítimos, en regiones dónde él mismo no ha hecho presencia por décadas? El monopolio de la fuerza legítima, esta condición mínima para que exista un Estado moderno, se pone en duda cuando recordamos que, por ejemplo, desde la década del 70 del siglo XX, se cuentan en Colombia al menos 12 grupos armados al margen de la ley controlando entre el 15% y 40% del territorio nacional (Pecaut, 2003, p. 91-92).

La crisis del monopolio de la tributación

En segundo lugar, los otros dos monopolios, según lo propuestos por los Charles Tilly, (1992)  estos son el monopolio de la tributación y el de la administración de la justicia. Sobre el primero, sería interesante preguntarnos: ¿Qué resultados arrojaría en Colombia un balance financiero entre la economía real y la economía subterránea? Hoy, después de un buen número de ‘caletas halladas’, podemos saber que en las finanzas de algunos narcotraficantes, los ingresos anuales figuran por encima del ingreso bruto de varios municipios y departamentos del país. Entonces, ¿De qué monopolio de la tributación estamos hablando? En un país en el que ganaderos, industriales y empresarios pagan ‘impuestos paralelos’, bajo el nombre de vacunas a organizaciones narcotraficantes, tributos del Estado real, que en muchos casos superan las cifras que se pagan al Estado legal (Cfr.: Vélez, 2000).


Los múltiples dueños de la administración de la justicia

Por último, es necesario hablar del monopolio de la administración de la justicia, ¿cómo comprender que, por ejemplo, de los cuatro candidatos asesinados en las elecciones del noventa en ninguno de los casos se logre hallar a un culpable?, ¿cómo puede nuestra justicia responder a la soberanía de una nación distinta, cuando son extraditados a Estados Unidos los comandantes paramilitares que empiezan a denunciar el papel detonante en el conflicto que ocupan las empresas norteamericanas asentadas en Colombia?. Se menciona esto por no hablar de los miles de lugares en nuestro país en los que la justicia es administrada por fuerzas distintas al Estado y bajo principios decididamente antiliberales.


El posconflicto es una oportunidad… de moda

Con ese panorama de fondo a las negociaciones en La Habana, la euforia que despierta el actual proceso de negociación adquiere matices críticos que ponen los pies de los colombianos sobre la fría pero firme tierra. El posconflicto puede ser una oportunidad para repensar las funciones básicas del Estado y resolver las deudas históricas que él mismo tiene en regiones del país donde su presencia es dudosa, intermitente, cuando no negativa y violenta. También puede ser una simple moda, útil para generar tendencias favorables de opinión y movilizar clientelas electorales a favor y en contra de la paz negociada. Una moda que, por desgracia, va y vuelve en la historia política de Colombia y que se sostiene por el fluir de negociaciones que se han centrado en lo superficial y han dejado de lado la consolidación del Estado y sus tres monopolios básicos como objetivo de la paz. 

De nuestra academia depende el que se exploren interpretaciones que favorezcan una lectura honesta nuestra realidad política, para superar la esquizofrenia entusiasta de algunos sectores ideológicos que  se niegan a reconocer que en Colombia el Estado tiene una alta carga de ficción, que dan por dada su existencia y, aún más, asumen que es posible transformarlo, sin abordar cuestiones estructurales como u viraje al sistema económico predominante en el país, por citar un ejemplo. Resultaría sensato  pensar que no es posible una re-definición del Estado, en virtud de lo alcanzado en el proceso de paz, puesto que no se puede transformar algo que en esencia no existe aún, puede ser que cualquier esfuerzo para lograr la paz, resulte contraproducente y genere nuevos conflictos, como ha sucedido hasta ahora, si el presupuesto básico: un Estado a transformar, reemplaza la necesidad de construir Estado.

Referencias

Pecàut, Daniel.
2001. Guerra contra la sociedad. Espasa: Colombia.
Tilly, Charles.
1992. Las revoluciones europeas. Editorial Crítica: Barcelona.