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2015 La autonomÍa y la reflexión docente en el marco del capitalismo académico

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La autonomÍa y la reflexión docente en el marco del capitalismo académico

​​

Opinión​


La autonomía y la reflexión docente en el marco del capitalismo académico​

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Eduardo Andres Botero Cedeño
Economista
Magíster en administración económica y financiera 
Profesor investigador de la Universidad Cooperativa de Colombia, sede Arauca. 









El esquema actual de producción flexible (Harvey, 1998) ha promovido bajo las dinámicas del capitalismo cognitivo y académico (Morales & Blanch, 2013; Huguet & Monserrat, 2010), transformaciones de calado en la universidad como sistema social. Múltiples han sido los autores que han hecho referencia directa a las realidades universitarias y a la forma en que en la misma se han implantado los modelos inicialmente aplicados a las unidades productivas con ánimo de lucro. En este punto, existe consenso acerca del impacto que las prácticas “manageristas” han tenido en el desarrollo de las relaciones de poder que caracterizan la configuración del espacio social universitario, las cuales se entiende que han transfigurado las dinámicas de relacionamiento docente, tanto con las estructuras organizacionales de la universidad, como con el estudiante a quien se le ha otorgado la consideración subsidiaria de “cliente”.

Ahora bien, esta “reconfiguración” de la vida universitaria, la cual responde a una meta-estructuración económica y social propia del capitalismo financiero, en esencia se ha manifestado a través de dinámicas apreciables para todos: a) cooptación de la autonomía universitaria en virtud a intereses particulares, generalmente asociados con la búsqueda de beneficios económicos; b) procesos educativos orientados taxativamente a promover la innovación, la productividad y la competitividad empresarial; c) subordinación de las actividades académicas y administrativas a los criterios de eficiencia y eficacia económica; d) intensificación de los mecanismos de vigilancia, control y evaluación del desempeño colectivo e individual; e) flexibilización laboral, con la consecuente reducción de la implicancia y la cohesión de los grupos de trabajo; f) aumento de las brechas de las consideraciones propias de la escala social laboral; g) híper-especialización disciplinar y reordenamiento de las distinciones promovidas por la ciencia moderna. Los mencionados procesos han transformado la función sustantiva de la universidad, aspecto que ha repercutido tanto en sus esquemas de estructuración interna, como en la apreciación de su función dentro del ordenamiento social existente.

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Independientemente de las valoraciones positivas o negativas que se puedan hacer de esto último, es claro que la “mercantilización” de la educación universitaria ha implicado la “re-significación” de las dinámicas de autonomía y reflexión propias de la labor docente. En esencia, la burocracia mecanicista implantada en la organización universitaria, ha promovido lo que se podría denominar una “gestión del memorando”. Esto es, en términos más concretos, un esquema administrativo en el que las consideraciones positivas de la labor profesoral se explican en virtud del acatamiento de las directrices institucionales, por encima inclusive de las capacidades con las que cuenta el docente para desarrollar un discurso disciplinar y social crítico y reflexivo, capacidades estas últimas, que en no pocas ocasiones pueden llegar a considerarse molestas (Sisto, 2007). Las decisiones universitarias respecto a la actividad de los profesores, se han alejado de la gestión dialógica consensuada, lastimosamente en su lugar, vienen implementándose procesos altamente impersonales, no pocas veces coercitivos y lo peor, en algunos casos arbitrarios.

Estas dinámicas –reitero-, pueden ser leída positiva o negativamente según la postura que se decida adoptar. De cualquier forma, es innegable que las mismas han contribuido para que se genere una especie de ambivalencia frente a la labor docente en la universidad contemporánea. Subsiste de acuerdo con Morales & Blanch (2013), dos valoraciones de signo contrario respecto a nuestra profesión: por un lado, se presenta una consideración positiva de las condiciones materiales, técnicas, tecnológicas, económicas y sociales respecto al trabajo académico; por otra parte sin embargo, subsisten percepciones negativas respecto al ajuste de los procesos organizacionales con las necesidades, valores, aspiraciones y expectativas que reivindican los docentes (págs. 10-11). En términos generales, los profesores sentimos que nuestras condiciones objetivas han mejorado ostensiblemente, más aún si se les compara con las precarias realidades de hace unos pocos años atrás, no obstante, el advenimiento del discurso productivista, enmarcado en la valoración ascética del tiempo y en la exigencia de flexibilidad propia de los esquemas post-fordista, genera en el cuerpo profesoral inconformidades respecto a la asignación de las cargas laborales y a las posibilidades de crecimiento intelectual y social que se les brinda.

En este sentido, sin la pretensión de hacer eco de un romanticismo trasnochado en torno a las dinámicas históricas de los claustros universitarios, he considerado indispensable plantear en estas cortas líneas la discusión acerca de la función docente en nuestra universidad. Mi planteamiento es tan sencillo como poderoso y me permito resumirlo en las siguientes líneas: si en realidad se propenden por un profesor capaz de “conversar” con los distintos actores sociales que intrínsecamente se ven involucrados en sus labores cotidianas, es necesario que dentro de las realidades del espacio social universitario, este docente se “empodere” de un mayor y mejor capital simbólico, lo que significaría, sin duda alguna, la reconfiguración de las relaciones sociales que tienen lugar en el sistema organizacional, reflejándose en mayores espacios para la reflexión y la autonomía de la labor docente. Debe entenderse igualmente, que lo anterior no representa la desorganización y el desgobierno de la función profesoral, por el contrario, significa que a la vez que se está inmerso en un contexto de mayor estructuración organizacional, los docentes deben ser capaces de promover y asumir actitudes críticas que redunden en discursos y prácticas que hagan posible una verdadera dinámica de emancipación social. Por su parte, el reto para los encargados de dirigir la universidad en sus diferentes niveles, se concentra en garantizar que esto lo anterior se dé en un marco de verdadera justicia y objetividad.

Ese es el compromiso que nos atañe estimados profesores, es nuestro deber reivindicar el fortalecimiento de los espacios de reflexión y autonomía docente, pero no con el simple objetivo de alcanzar mayores comodidades, sino con el fin de garantizar que la esencia de nuestra función social se cumpla a cabalidad.

Bibliografía
Harvey, D. (1998). La Condición de la posmodernidad: investigación sobre los orígenes del cambio cultural. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Huguet, G., & Monserrat. (2010). La mercantilización de la universidad . Revista Electrónica Interuniversitaria de Formación del Profesorado, 89-106.
Morales, M., & Blanch, J. (2013). UNIVERSIDAD POSFORDISTA Y NUEVAS SUBJETIVIDADES DOCENTES. VII CONGRESO LATINOAMERICANO DE ESTUDIOS DEL TRABAJO, 1-25.
Sisto, V. (2007). Managerialismo y trivialización de la universidad. Nómadas, 8-21.