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2016 ¿La letra con sangre entra?

¿La letra con sangre entra?

​​​​Opinión​​

¿La letra con sangre entra?​​

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Rodrigo Tabares Ruiz

Coordinador de Comunicaciones Pereira
Comunicador Social Periodista
Especialista en Informática Educativa
Especialista en docencia




Bajo la premisa “pedagógica” “la letra con sangre entra”, fuimos educados la gran mayoría de los integrantes de las generaciones X; es decir los nacidos entre 1961 y 1981 y la baby boom, nacidos en la posguerra, entre 1945 y 1960.

Quienes padecimos las consecuencias de la aplicación del arsenal de castigos en la escuela y en la casa, como pellizcos, palmadas, correazos, chancletazos, cachetadas y los golpes con la famosa regla de madera por parte de algunos profesores, tenemos ingratos recuerdos, no sólo en nuestro cuerpo; sino en nuestra psique. Es que implícitamente los maestros tenían licencia para castigar físicamente a quienes desobedecían, no recitaban la lección o incumplían con las tareas escolares, situación que contaba con el apoyo tácito de muchos padres de familia.
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Hace 524 años los europeos introdujeron en América el lenguaje, la escritura alfabética y la religión con la espada en una mano y la cruz en la otra; es decir, aplicando el precepto “la letra con sangre entra”, lo que ocasionó el genocidio de los habitantes nativos de nuestro continente. Esta forma de someter al otro, generalmente al más débil, se trasladó a la escuela, los hogares y a la sociedad en general.

Actualmente, aunque algunas personas añoran estas viejas prácticas; pocas situaciones estremecen más a la sociedad que pegarle a un menor de edad. Sin embargo, cuando es el papá o la mamá quien lo hace, y el motivo es reprenderlo por una mala conducta, existen pocas objeciones. No obstante, hay quienes consideran que el castigo físico no debe existir y que la antigua creencia de que “la letra con sangre entra” está mandada a recoger.

Los expertos consideran que aunque el castigo físico sí puede modificar la conducta de los hijos, sin embargo, en muchos casos se logra un efecto negativo en el largo plazo. "En ocasiones se logra obediencia pero se da más por miedo que por convicción", dice el pediatra Sergio Isaza, autor del libro Educar sin maltratar. Además, estas reprimendas son un mal ejemplo porque los hijos aprenden que esta es la manera para solucionar los problemas. "Las personas que apelan a las palmadas seguramente en su infancia experimentaron lo mismo y están reproduciendo un patrón de comportamiento", dice Isaza.

A pesar de esto, algunos padres consideran que una nalgada de vez en cuando no hace daño y que en ocasiones es necesario. Franklin Escobar, profesor de psiquiatría de la Universidad Nacional, explica que esto se debe a que en la sociedad estos métodos son permitidos culturalmente, lo que no significa que sean apropiados. "Lo que ocurre es que para algunos padres es mucho más fácil dar una cachetada o un correazo porque esto exige menos tiempo y menos trabajo intelectual", anota Escobar. 

Los expertos dicen que a través de una buena comunicación, todos los niños entienden y pueden modificar su comportamiento. “Entender lo que expresa el niño, explicarle por qué se le dice “no” algunas veces, aprender a negociar con él, y a través de la comunicación hacerle entender que hay cosas no negociables como robar, matar o maltratar. Una de las reglas al castigar es ir al hecho y no a la persona. Por ejemplo, no decirle que es mentiroso, sino más bien, aclararle que la mentira no trae nada bueno a quien se vale de esta”.

El uso de reglas y castigos, no físicos, es fundamental cuando el joven está entrando en la primera fase de la adolescencia. Las reglas, las recompensas y los castigos pueden cambiar a medida que el adolescente crece. Las recompensas pueden utilizarse para animarlo seguir las reglas familiares o escolares y a comportarse adecuadamente; los castigos deben usarse cuando no respeta una regla y se comporta mal. La recompensa o el castigo deben concordar con el comportamiento. Pegarle y gritarle al joven no son formas eficaces de disciplina o comunicación. Así se le enseñará que la violencia y los gritos son respuestas adecuadas al enojo o la frustración. Finalmente, como dijo el filósofo y matemático griego Pitágoras: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.